viernes, 20 de julio de 2012

  De nada serviría decir que nos está tocando vivir tiempos difíciles, esto ya lo sabe toda España. La crisis es el titular de cada mañana que madruga para desplazarlo casi todo, incluso lo que hasta hace dos días resultaba fundamental. Mientras tanto, todo el mundo parece tener una opinión, algunos incluso dicen disponer de bálsamos de Fierabras que lo arreglarían todo. Luego está los culpables; ¿los bancos?, ¿el tinglado autonómico?, ¿los políticos? o ¿acaso los ciudadanos, todos manirrotos?, hay opiniones para todos los gustos. En definitiva, lo que de verdad tenemos es un ensordecedor ruido que nos impide escuchar a los verdaderos expertos; a los filósofos que nos debieran hablar de ética, a los científicos que verdaderamente saben de las necesidades que tiene la ciencia, a los educadores que son los que conocen la educación ..., y como no, a los economistas que debería añadir el toque pecuniario a todo esto. Por desgracia, lo único que destaca entre tanto alborozo, es la voz del político o la del contertulio gritón, actores principales de la tasca política nacional.  

En mi área de interés, la ciencia, no soy un experto en política científica, pero intento informarme al máximo bebiendo directamente de las fuentes. Pero, ¿que explican los distintos estudios sobre la política científica seguida en España?. Veamos que ha pasado con las políticas en ciencia y tecnología  en estos últimos años y como han podido ser responsables, en cierta medida, de la situación en la que nos encontramos actualmente. 

 La España constitucional arranco tras el fraquismo con un serio déficit en lo científico. Muy pocos recursos, escaso personal, siendo en su gran mayoría profesores con dedicación parcial y escasas empresas de carácter innovador. En definitiva, muy poca investigación privada y una mal dotada investigación publica. Para que esta situación se pudiera resolver, era necesaria una coyuntura determinada: 

  1. Primeramente, que los ciudadanos dispusieran de una renta lo suficientemente alta como para poder exigir más productos tecnológicos. He aquí un primer problema, ya que aunque en los últimos 25 años la capacidad adquisitiva ha mejorado mucho, no ha crecido como debería corresponder a un país como en nuestro, de hecho casi siempre hemos estado con una renta percapita inferior a la media europea.  
  2. En segundo lugar, tendría que producirse un desplazamiento de la estructura productiva, desde los sectores menos tecnológicos hacia los más tecnológicos. Este desplazamientos efectivamente se ha producido, pero no con la suficiente fuerza, al menos no con la suficiente como para no mostrar un retraso en nuestra estructura productiva.   
  3. Una tercera cuestión concernía a la liberación de ciertos mercados, lo que favorecería la competencia entre empresas. Esta liberalización se ha realizado, pero no siempre ha introducido la deseable competencia. No obstante, hay que decir que en este aspecto ya estamos muy cerca de la media europea. 
  4. Finalmente,  era obligado tener un capital humano adecuado, con una formación lo suficientemente especializada como para participar en la innovación. En este aspecto hemos mejorado enormemente aunque seguimos  estamos por debajo de las naciones más avanzadas.

En estos cuatro puntos, absolutamente necesarios para que germine y fructifique la innovación, se produjeron mejoras considerables, pero no lo suficientes como para poder alcanzar la media europea y mucho menos para poder codearnos con Japón o EEUU. Otra notable diferencia, que nos aleja de las naciones más innovadoras, se encuentra en como se reparte la investigación entre el sector privado y el sector publico. En España, el gasto de investigación en el sector privado queda diez puntos porcentuales por debajo de la media europea y la comparación con EEUU es aún más lamentable. Además, este porcentaje se ha visto reducido gracias a las políticas de ajuste presupuestario que han eliminado gran parte de las ayudas que ofrecía el estado central y las autonomías.  Para colmo, las empresas españolas no tienen la tradición científica suficiente como para invertir en investigación básica. Por desgracia, el carácter cortoplacista de muchas empresas queda reflejado en las estadísticas, que muestran esta mínima inversión en ciencia básica. Es cierto que incluso en los EEUU el tanto por ciento que las empresas privadas dedican a la investigación básica es muy pequeño si lo comparamos con la fracción dedicada a toda la  I+D. Es sabido que solo mediante gasto publico se puede financiar la mayor parte de la investigación básica, sin embargo el sector privado, en los países de solvencia científica, ayudan en diversas formas, incluso mediante la financiación directa. No es el caso de España donde el sector privado suelta lastre rápidamente en I+D, y donde prácticamente no hay compromiso en apoyar la investigación básica. Multitud de estudios demuestran que cada céntimo empleado en investigación revierte multiplicado muchas veces a medio y largo plazo, EEUU, Japón, China, los países Nórdicos..., todos ellos lo saben bien y actúan en consecuencia.     

En resumen, hacia finales del siglo XX España había realizado un considerable esfuerzo para alcanzar un nivel adecuado en lo que respecta a la ciencia y la tecnología. Sin embargo, este esfuerzo se había realizado de forma algo discontinua y no siempre en la forma más conveniente. El resultado fue esperanzador al tiempo que preocupante y es que las cifras hablaban por si mismas, en el año 2001 la inversión I+D de España representaba el 3.5 por 100 de la EU, mientras que su economía representaba el 9.3 del PIB de la EU.  Durante los años de bonanza económica, sobre todo a partir del 1998, el PIB subió fuertemente, pero este impulso no se transmitió por igual a la inversión en I+D. Las evidencias eran abrumadoras, recuérdese, por ejemplo, el estudio publicado por la Unión Europea en el 2005 European Innovation Scoreboard 2005 donde se colocaba a España entre los países que perdían posiciones en innovación, en la cola en lo referente a espíritu emprendedor y por debajo de la media en lo que refería a inversión privada en I+D. Pero el aparente éxito de la economía Española atronaba de tal manera que parecía silenciar cualquier crítica.

 El bayby-boom de los 70 había creado una nutrida generación bien formada, con una cultura de vivienda en propiedad que favorecía enormemente la creación de una burbuja inmobiliaria. La políticas del suelo, que no generaron la burbuja, pero si permitieron su expansión, dejaron de lado políticas que hubiesen podido favorecer el alquiler en decrimento de la compra. Finalmente, los bancos proporcionaron el combustible en forma de créditos a promotores y familias  que habrían de alimentar el incendio de aquella embriagadora noche de San Juan. Un ejemplo significativo; en España, durante los años de crecimiento, siempre ha sido mucho más fácil montar un bar o una pequeña empresa de construcción que una empresa de base tecnológica, y esto hablando de los aspectos relacionados con la financiación. En Finlandia, país sensato,  no es difícil encontrar pequeñas empresas de base fuertemente tecnológica, nacidas fruto de un invento personal o una patente transferida de una universidad. Por el contrario, en España, los parques tecnológicos suelen estar ocupados por empresas grandes o medias y rara vez se ven pequeñas inciativas con no más de cinco empleados.   Es un claro síntoma que refleja la realidad Española, donde una buena idea sin dinero no suele hace empresa, pero donde el dinero sin ideas es capaz de hacer casi cualquier cosa, aunque luego nos lleve a la ruina. Mi experiencia, y de la de muchos que conozco, con el sector I+D privado ha sido decepcionante, a menudo nos encontramos con chiringuitos buscando subvenciones que luego no terminan produciendo nada realmente útil.    

Ahora nos encontramos sumidos en un debacle económico y conviene mirar hacia atrás, no tanto para buscar culpables, sino más bien para no cometer de nuevo los fallos del pasado. Por desgracia, para salir de la crisis se está recurriendo a lo que  se denomina "devaluación domestica", es decir, una reducción de los salarios para aumentar la competitividad.  Esta táctica, del empobrecimiento, vuelve a transcurrir por la senda del sacrificio de las clases medias y bajas;  en el pasado se hizo buscado sus hipotecas para construir aquella quimera económica de final de siglo  y ahora, para arrojárlos por la borda con la esperanza de que el globo no toque suelo. Por desgracia, de nuevo estamos evitando atacar la raíz del problema desaprovechando la  oportunidad de cambiar el modelo productivo, para modernizar  la economía por la vía de la sostenibilidad. El papel de la ciencia y la educación debiera ser predominante en una verdadera solución a la crisis. Evidentemente no estamos siguiendo este camino.