"Los astros pueden ejercer un nefasto influjo sobre nuestras terrenales y miserables vidas". Esta frase puede sonar a seudociencia , expresada en tono melodramático por un invitado del programa de Iker Jimenez. Sin embargo es absolutamente cierta desde el punto de vista científico.El fin del verano de 1859 estuvo acompañado de fenómenos extraordinarios que nadie terminaba de comprender. En casi todas las partes del globo se registraron comportamientos extraños en las líneas telegráficas, tales como cortes de línea y funcionamientos anómalos. El telégrafo era un invento reciente, tecnología punta de la época aunque prontamente extendido por todo el mundo. Efectivamente, las primeras líneas telegráficas se establecieron al principio de los años 30, aunque aún a distancias muy cortas, Por ejemplo, Gauss estableció comunicación entre el observatorio astronómico y la universidad mediante poco más de 1000 metros de cable. La escasa efectividad de las baterías de la época, con voltajes poco constantes y potencia insuficiente, ponían limite a la distancia. Cuando Daniell mejoro la pila de Volta, el problema de la distancia quedo parcialmente resuelto y las comunicaciones empezaron a unir ciudades distantes. El primer cable submarino entre Europa y Norte América se extendió en 1857 pero resulto demasiado quebradizo y la conexión definitiva entre continentes tuvo que esperar al año 1866. Lo cierto es que en el verano de 1859 las líneas de telégrafo ya se extendían por mas de 150.000 kilómetros en Europa, Norte América y Australia.
"El poder celestial"
Hasta aquel año las líneas habían funcionado con absoluta normalidad, salvo alguna que otra anomalía fruto de las tormentas eléctricas, roturas de cables o incidentes similares. Sin embargo aquel verano de 1859 habría de ser diferente. Repentinamente, la corriente que circulaba por los cables aumentaba y el electroimán atraía con fuerza inusitada el punzón que marcaba el código morse, al instante la comunicación quedaba muerta durante muchos minutos. Quien lo vivió en primera persona, como E.W. Culgan, telegrafista de Pittsburg lo relataba de la siguiente manera:
"En la noche del 28 de agosto, cuando las baterías fueron conectadas, no solo saltaron chispas (nunca vistas en condiciones normales) también observamos lenguas de fuego que fundieron las conexiones de platino..."
En Noruega, un operador relato lo siguiente:
"El 29 de Agosto las comunicaciones se interrumpieron hasta las 11 A.M. en casi todas la líneas. Sin embargo en las líneas más largas la corriente aumento tanto que las chispas y las ininterrumpidas descargas prendieron fuego a los papeles cercanos. Fue necesaria una rápida conexión a tierra para salvar los aparatos de una total destrucción."
Estos no fueron los únicos efectos notables de aquellos días. Precisamente coincidiendo con las anomalías en las comunicaciones, los observatorios de Kew, Greenwich, Toronto, así como los de otras ciudades alrededor del mundo registraron fuertes variaciones en la declinación magnética de la tierra.
El 1 de septiembre de 1859 Richard Carrington, un astrónomo aficionado, dio con la clave del misterio. Por aquellas fechas se encontraba observando unas más que notables manchas solares. Pretendía, mediante observaciones diarias, comprender como y cuando aparecían estas y tal vez, con el tiempo, conocer su origen. Pero lo que pudo observar aquella mañana de septiembre le dejaría atónito; de la más grande de las manchas salio un extraordinario fulgor, como una lengua de fuego extremadamente brillante cuya intensidad se mantuvo por más de cinco minutos. Nadie antes había registrado un fenómeno similar, era el primer observador que daba fe de aquella muestra de la furia solar.
Horas después de la observación de Carrington comenzaron los problemas en las comunicaciones, los incendios en los equipos telegráficos y las anomalías en la declinación magnética. Además, en muchos puntos del globo se observaron maravillosas auroras boreales, los cielos se enrojecieron incluso en ciudades tan inusuales como Madrid, los diarios de la época así lo narraron:
"Anteanoche se dejó ver en Madrid una magnífica y brillante aurora boreal que extendiéndose como una inmensa gasa de fuego de Norte a Noroeste ocupaba una gran parte de nuestro horizonte"
Muy acertadamente, Carrington estableció una conexión entre su observación y los fenómenos que sucedieron al día siguiente. La explosión en la superficie solar había generado una "llamarada" de partículas cargadas que al alcanzar la Tierra interfirieron con la magnetosfera. Al mismo tiempo, mediante inducción, las líneas telegráficas se cargaron generando los problemas narrados por los telegrafistas.
Fuente principal: "The super storms of August/September 1859 and their effect on the telegraph system", D.H. Boteler. Advances in Space Research 38, 2006.
"El poder celestial"
Hasta aquel año las líneas habían funcionado con absoluta normalidad, salvo alguna que otra anomalía fruto de las tormentas eléctricas, roturas de cables o incidentes similares. Sin embargo aquel verano de 1859 habría de ser diferente. Repentinamente, la corriente que circulaba por los cables aumentaba y el electroimán atraía con fuerza inusitada el punzón que marcaba el código morse, al instante la comunicación quedaba muerta durante muchos minutos. Quien lo vivió en primera persona, como E.W. Culgan, telegrafista de Pittsburg lo relataba de la siguiente manera:
"En la noche del 28 de agosto, cuando las baterías fueron conectadas, no solo saltaron chispas (nunca vistas en condiciones normales) también observamos lenguas de fuego que fundieron las conexiones de platino..."
En Noruega, un operador relato lo siguiente:
"El 29 de Agosto las comunicaciones se interrumpieron hasta las 11 A.M. en casi todas la líneas. Sin embargo en las líneas más largas la corriente aumento tanto que las chispas y las ininterrumpidas descargas prendieron fuego a los papeles cercanos. Fue necesaria una rápida conexión a tierra para salvar los aparatos de una total destrucción."
Estos no fueron los únicos efectos notables de aquellos días. Precisamente coincidiendo con las anomalías en las comunicaciones, los observatorios de Kew, Greenwich, Toronto, así como los de otras ciudades alrededor del mundo registraron fuertes variaciones en la declinación magnética de la tierra.
El 1 de septiembre de 1859 Richard Carrington, un astrónomo aficionado, dio con la clave del misterio. Por aquellas fechas se encontraba observando unas más que notables manchas solares. Pretendía, mediante observaciones diarias, comprender como y cuando aparecían estas y tal vez, con el tiempo, conocer su origen. Pero lo que pudo observar aquella mañana de septiembre le dejaría atónito; de la más grande de las manchas salio un extraordinario fulgor, como una lengua de fuego extremadamente brillante cuya intensidad se mantuvo por más de cinco minutos. Nadie antes había registrado un fenómeno similar, era el primer observador que daba fe de aquella muestra de la furia solar.
Horas después de la observación de Carrington comenzaron los problemas en las comunicaciones, los incendios en los equipos telegráficos y las anomalías en la declinación magnética. Además, en muchos puntos del globo se observaron maravillosas auroras boreales, los cielos se enrojecieron incluso en ciudades tan inusuales como Madrid, los diarios de la época así lo narraron:
"Anteanoche se dejó ver en Madrid una magnífica y brillante aurora boreal que extendiéndose como una inmensa gasa de fuego de Norte a Noroeste ocupaba una gran parte de nuestro horizonte"
Muy acertadamente, Carrington estableció una conexión entre su observación y los fenómenos que sucedieron al día siguiente. La explosión en la superficie solar había generado una "llamarada" de partículas cargadas que al alcanzar la Tierra interfirieron con la magnetosfera. Al mismo tiempo, mediante inducción, las líneas telegráficas se cargaron generando los problemas narrados por los telegrafistas.
Fuente principal: "The super storms of August/September 1859 and their effect on the telegraph system", D.H. Boteler. Advances in Space Research 38, 2006.
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